martes, 8 de julio de 2014
viernes, 20 de junio de 2014
¿BRUJERIA EN EL GUADALMEZ DEL SIGLO XVII?
Tal era la presión que la Inquisición ejercía en tierras del obispado cordobés que incluso las curanderas temían ejercer su oficio por miedo a ser molestadas por el tribunal; por que no sólo se persiguió con esmero a los conversos judaizantes sino que también los actos de brujería constituían un delito que podía acarrear la pena capital.
Un buen ejemplo de ello, magníficamente narrado por el cronista de Peñalsordo Alejandro García Galán , es lo que le ocurrió a la vecina de Peñalsordo Inés Martín de Lobares, quien en torno al 15 de mayo de 1667 fue solicitada por Cristóbal Fernández Zarcero para que curase a un cuñado suyo, vecino de la aldea de Los Palacios de Guadalmez, Diego Sánchez, y ante el temor a poder ser molestada por la Inquisición, afirmaba:
“...yo sé hechizar y poner hechizos y quitarlos aunque el ponerlos no lo uso y si Vuestra Merced quiere que le cure de los hechizos que tiene su cuñado, el cual se llama Diego Sánchez, residente en el Lugar de Guadalmez, ámele de traer Vuestra Merced a esta villa de Peña de el Sordo y curaré por que en Guadalmez no quiero curarle ni me atrevo por razón de que allí se halla actualmente un inquisidor de la jurisdicción de Córdoba al Edicto de la Fe y temo me prenda...”
Para evitar tales males, pues era de dominio público que por esos días un familiar de la Inquisición se desplazaba de Belalcázar a la villa de Chillón, pasando por Guadalmez, se negó a desplazarse a la aldea, aunque aceptó prestar ayuda a Diego Sánchez y le pidió a su cuñado Cristóbal que le trajesen algún objeto que hubiere pertenecido al susodicho.
Gracias a una pretina y unas cintas del enfermo, Inés Martín de Lobares, cogiéndolas entre sus manos, diagnosticó que Diego se encontraba muy mal, ya que le habían hechizado para que sufriese, aunque no para ocasionarle la muerte, y que ese hechizo se podría deshacer aplicándole un poco de manteca de azahar en el corazón y tomando en ayunas durante nueve días una infusión a base de berros líquidos en abundancia, así como practicándole una lavativa al tercer día de iniciado el tratamiento. Tras ello, se comprometió a visitar al enfermo en casa de su cuñado Cristóbal Fernández y de Ana Gerónima, en Peñalsordo, el 22 de mayo, fecha en la cual fue detenida por un familiar de la Inquisición, Juan de Yegros, Comisario de la Inquisición residente en Capilla, y el Notario Apostólico, y acusada de “hechicera, encomendadera y adivinadora” y por lo cual se le llegó a incoar expediente inquisitorial en el Tribunal del Santo Oficio de Toledo entre 1667 y 1669.
Al final, huyendo del Tribunal de la Inquisición Cordobés, al no querer ir a Guadalmez, cayó en manos del tribunal toledano que la condenó, entre otras cosas, al destierro durante dos años de Madrid, Peñalsordo, Sancti Spíritus, la Zarza y Guadalmez, además de la pérdida de todos sus bienes.
Tal era la presión que la Inquisición ejercía en tierras del obispado cordobés que incluso las curanderas temían ejercer su oficio por miedo a ser molestadas por el tribunal; por que no sólo se persiguió con esmero a los conversos judaizantes sino que también los actos de brujería constituían un delito que podía acarrear la pena capital.
Un buen ejemplo de ello, magníficamente narrado por el cronista de Peñalsordo Alejandro García Galán , es lo que le ocurrió a la vecina de Peñalsordo Inés Martín de Lobares, quien en torno al 15 de mayo de 1667 fue solicitada por Cristóbal Fernández Zarcero para que curase a un cuñado suyo, vecino de la aldea de Los Palacios de Guadalmez, Diego Sánchez, y ante el temor a poder ser molestada por la Inquisición, afirmaba:
“...yo sé hechizar y poner hechizos y quitarlos aunque el ponerlos no lo uso y si Vuestra Merced quiere que le cure de los hechizos que tiene su cuñado, el cual se llama Diego Sánchez, residente en el Lugar de Guadalmez, ámele de traer Vuestra Merced a esta villa de Peña de el Sordo y curaré por que en Guadalmez no quiero curarle ni me atrevo por razón de que allí se halla actualmente un inquisidor de la jurisdicción de Córdoba al Edicto de la Fe y temo me prenda...”
Para evitar tales males, pues era de dominio público que por esos días un familiar de la Inquisición se desplazaba de Belalcázar a la villa de Chillón, pasando por Guadalmez, se negó a desplazarse a la aldea, aunque aceptó prestar ayuda a Diego Sánchez y le pidió a su cuñado Cristóbal que le trajesen algún objeto que hubiere pertenecido al susodicho.
Gracias a una pretina y unas cintas del enfermo, Inés Martín de Lobares, cogiéndolas entre sus manos, diagnosticó que Diego se encontraba muy mal, ya que le habían hechizado para que sufriese, aunque no para ocasionarle la muerte, y que ese hechizo se podría deshacer aplicándole un poco de manteca de azahar en el corazón y tomando en ayunas durante nueve días una infusión a base de berros líquidos en abundancia, así como practicándole una lavativa al tercer día de iniciado el tratamiento. Tras ello, se comprometió a visitar al enfermo en casa de su cuñado Cristóbal Fernández y de Ana Gerónima, en Peñalsordo, el 22 de mayo, fecha en la cual fue detenida por un familiar de la Inquisición, Juan de Yegros, Comisario de la Inquisición residente en Capilla, y el Notario Apostólico, y acusada de “hechicera, encomendadera y adivinadora” y por lo cual se le llegó a incoar expediente inquisitorial en el Tribunal del Santo Oficio de Toledo entre 1667 y 1669.
Al final, huyendo del Tribunal de la Inquisición Cordobés, al no querer ir a Guadalmez, cayó en manos del tribunal toledano que la condenó, entre otras cosas, al destierro durante dos años de Madrid, Peñalsordo, Sancti Spíritus, la Zarza y Guadalmez, además de la pérdida de todos sus bienes.
jueves, 16 de enero de 2014
LA CARTA DEL SUICIDA
Junto al cadáver de un suicida se encontró una carta explicatoria diciendo:
Sr. Juez: No culpe a nadie de mi muerte, me quito la vida porque dos días más que viviese no sabría quién soy en este mar de lágrimas, y sería mucho martirio. Verá Ud... Sr. juez.
Tuve la desgracia de casarme con una viuda, ésta tenía una hija, de haberlo sabido, nunca lo hubiera hecho.
Mi padre, para mayor desgracia era viudo, se enamoró y se casó con la hija de mi mujer, de manera que mi mujer era suegra de su suegro, mi hijastra se convirtió en mi madre y mi padre al mismo tiempo era mi yerno.
Al poco tiempo mi madrastra trajo al mundo un varón, que era mi hermano, pero era nieto de mi mujer de manera que yo era abuelo de mi hermano.
Con el correr del tiempo mi mujer trajo al mundo un varón que, como era hermano de mi madre, era cuñado de mi padre, y tío de sus hijos.
Mi mujer era suegra de su hija, yo soy, en cambio padre de mi madre, y mi padre y su mujer son mis hijos; además, yo soy mi propio abuelo.
Sr. juez: Me despido del mundo porque no sé quien soy.
Junto al cadáver de un suicida se encontró una carta explicatoria diciendo:
Sr. Juez: No culpe a nadie de mi muerte, me quito la vida porque dos días más que viviese no sabría quién soy en este mar de lágrimas, y sería mucho martirio. Verá Ud... Sr. juez.
Tuve la desgracia de casarme con una viuda, ésta tenía una hija, de haberlo sabido, nunca lo hubiera hecho.
Mi padre, para mayor desgracia era viudo, se enamoró y se casó con la hija de mi mujer, de manera que mi mujer era suegra de su suegro, mi hijastra se convirtió en mi madre y mi padre al mismo tiempo era mi yerno.
Al poco tiempo mi madrastra trajo al mundo un varón, que era mi hermano, pero era nieto de mi mujer de manera que yo era abuelo de mi hermano.
Con el correr del tiempo mi mujer trajo al mundo un varón que, como era hermano de mi madre, era cuñado de mi padre, y tío de sus hijos.
Mi mujer era suegra de su hija, yo soy, en cambio padre de mi madre, y mi padre y su mujer son mis hijos; además, yo soy mi propio abuelo.
Sr. juez: Me despido del mundo porque no sé quien soy.
- El cadáver.
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